jueves, 9 de febrero de 2012

La ventana en el techo

Hace poco tiempo fui consciente que tenía una ventana en el techo. Había vivido siempre allí y nunca me había dado cuenta.

Era una ventana peculiar: no estaba hecha para que entrase la luz del sol, porque era opaca, no reflejaba nada pues nada ni nadie podía proyectarse en su pulida superficie de cristal... 

Pero si te asomabas, podías percibir el mundo que te rodeaba, con una nitidez que ningún ojo podría imitar, veías el mundo tal como era, más allá de prejuicios, de eufemismos o medias verdades. Era un mundo cruel y al revés, lleno de contradicciones, pero bello en forma y contenido. Sentí mareos al mirar asombrado lo que tenía delante y me desmayé... 

Al despertar tapié la ventana con un par de tablones, temeroso de que esa nueva percepción de la realidad modificase todo mi ser... o me volviese loco. 

Volví a la rutina e intente ignorar que tenía una ventana en el techo... Aunque a veces, cuando me sentía asqueado de la realidad, volvía a pensar en esa ventana, fantaseando con la forma de ver el mundo que pasaba desapercibida para la mayoría de las personas. Incluso, soñé que en un ataque de locura arrancaba los tablones y volvía a mirar por aquella maldita ventana. 

No podía aceptar ver el mundo de dos formas: la que me habían dicho y la que yo experimentaba.... Así que hice lo correcto: tapie la ventana con cemento. 

Ya no pienso en ella, la he olvidado por completo... Pero a veces... A veces sueño que atravieso esa ventana y caigo en ese mundo, me estampo contra mi casa y despierto, con la última imagen que veo antes de morir: mi propio reflejo, en esa ventana, que tengo en el techo.