lunes, 23 de septiembre de 2013

Valores Familiares


"En casa del herrero cuchara de palo". Siempre he odiado esa expresión. En mi familia siempre se ha dicho porque nuestro bisabuelo fue un herrero. Aprieto la cucharilla familiar en el bolsillo. En mi familia siempre hemos tenido una cubertería familiar de plata. Al parecer, a mi bisabuelo tampoco le gustaba ese dicho, por lo que forjó una cubertería de plata para sus dos hijos, con la esperanza de que pudiesen comer con ella, o al venderla pudiesen tener dinero para llevarse algo a la boca. 


Varios años después mis abuelos se enfrentaron en la guerra, para disgusto de su padre. El hermano de mi abuelo se fue de casa con su parte de la herencia, y parte de la de su hermano. Cuando volvió como capitán al pueblo no trajo consigo ningún cubierto, pero si un montón de balas. Si no fuera por el valor de mi bisabuela, yo ahora no existiría. Vendió algunas cucharillas para conseguir que su otro hijo pudiese salir del país con pasaporte falso.

Mi abuelo montó su propia herrería al otro lado del atlántico, siguiendo con la tradición familiar. Conoció allí a mi abuela y esta vez lo que forjó fue una familia. En los años setenta, mi padre era un joven ávido de aventura y ahora que el país comenzaba a salir de sus años más oscuros, decidió ir en busca de fortuna. Mi abuelo se quedó en el nuevo continente, demasiados recuerdos tristes atesoraba de aquellos años, cuando encontró la felicidad en otras tierras. Pero le entregó el reto de la cubertería con la esperanza de que pudiese ayudarle de algo.

Yo nací en los ochenta en la capital, de nuevo como hijo de herrero, siguiendo la tradición que ningún régimen pudo cortar. Cuando tuve edad trabajé con mi padre y aprendí el oficio. Nunca he sido una persona ambiciosa, aun viviendo en una ciudad ajetreada y trajeada, mis aspiraciones pasaban por tener un trabajo y dedicar mi tiempo libre a mis aficiones y a mis seres queridos. Pero no pudo ser.

Vi a mi padre morir de cáncer y como mi madre se consumía en su angustia. Como las interminables citas con el oncólogo se retrasaban, mientras subían las facturas del médico. Mis ahorros se esfumaron debido a que quebró mi banco, y no tuve más remedio que cerrar. Cuando enterré a mi madre ya no tenía nada. Estaba solo y la tristeza que embargaba mi vida alejó a todas mis amistades. Solo guardaba la cubertería familiar, era lo único que quedaba de mi familia. Me acerqué a un prestamista y la vendí.

Bebí durante dos días antes de volver a casa, tenía que recoger todo y prepararme para el desahucio. Todavía trastornado y con hambre me dirijo a la cocina. Tropecé con una cucharilla de la cubertería, que se había quedado extraviada. El último recuerdo de mi familia. Dos veces este país nos había forjado, pero no para darnos forma y utilidad, sino para fundirnos, para ser las imperfecciones de otras obras, donde éramos necesarios para el fin, pero una vez alcanzado tan imprescindible como la rebaba de un molde, que se arranca y tira.

No puedo dejar de apretar la cucharilla en el bolsillo. Estoy nervioso. Veo como el presidente se acerca a todos nosotros, saludando y estrechando manos para pedirnos el voto, para forjar un nuevo futuro. Ya no creo en nada, ya no creo en nadie. Los guardaespaldas se alejan u poco para dejar que su jefe actúa el papel acordado. Veo perfectamente su cuello, como sobresale de su traje caro. Solo tendré una oportunidad, si acierto va a salir mucha sangre. Hace falta fuerza para hacerlo, pero un cuerpo humano es mucho más frágil que una viga. Ahora que puedo verlo en perspectiva, cada golpe de martillo en la fragua me ha ido acercando a este momento. 

Le tengo enfrente y le tiendo la mano. Rezo para que un disparo certero acabe con mi vida y me ahorre el circo en el que se convertirá mi vida, y le ataco con todas mis fuerzas.