Nunca sabes cuan cercas vas a estar del diablo...
hasta que tienes que tocar para él.
La primera vez que le conocí fue cuando
empecé mi carrera profesional como guitarrista, primer disco y una gira en 30
estados. En aquella época siempre estaba colocado de ácido, entre conciertos,
mujeres y más drogas. Una noche, en casa de Ethel, la que era medio bruja,
apareció un tipo trajeado. No lo vi entrar, pero parecía que había estado allí
todo el tiempo. Le vi un par de veces en las conversaciones que montábamos,
pero nunca participaba, solo escuchaba y asentía, dando sorbos a su copa. Me lo
crucé en la cocina cuando fui a buscar otra Budweiser. Se me presentó como el
diablo, y no me pareció extraño: California no escaseaba en tipos raros. Le
seguí el juego y comenzamos a hablar. Tenía una voz suave que daban ganar de
escuchar. Hablamos de música, tenía gusto y contaba anécdotas de W.C Handy y
Bessie Smith como si las hubiese vivido en persona. La conversación fue
derivando y me llevó a su terreno. Le conté mis dudas sobre la banda y mi miedo
a no llegar a nada. El diablo, con su traje blanco como el marfil me puso la
mano encima del hombro, "¿Que darías a cambio de lo que buscas?".
No
hubo contrato, sólo un acuerdo verbal seguido de un apretón de manos.
No volví
a verlo más en toda la noche, ni cuando Jones se subió al tejado y todos
salimos a ver si se partía la crisma o echaba a volar. De aquella conversación
me olvidé con el paso de los años. Había vendido a tantos tipos mi alma (mi
productor y la discográfica entre otros) que aquello era pura rutina, por mucho
que fuese a la iglesia de pequeño, los diablos no generan beneficios, royalties
o discos de oro, no podía creer que mi suerte y fortuna viniese de un tío
vestido de rojo... hasta la semana pasada. Estaba colocándome con Cindi cuando
me desmayé. Al despertar, dos tipos de aspecto amenazador me habían reanimado.
Al parecer el caballo estaba adulterado y estuve muerto durante dos minutos, si
no hubieran aparecido estos dos gorilas, puede que esa noche hubiese ensayado
con Hendrix. Sin apenas haberme espabilado, me metieron en un coche y me
llevaron a un local del valle. Cuando entre y volvía a ver al tipo trajeado de
blanco, me acordé de toda la conversación, vi que no había envejecido nada... y
eso acabó por espabilarme. Me pidió que me sentara, y volvimos a hablar. Se
entristeció por mis malos vicios, y me recomendó que cambiase de hábitos,
porque él no siempre está en todos lados. Le pregunté cómo es que no quería
cobrar su deuda. Pude ver el brillo en sus ojos oscuros cuando me lo pidió:
debía tocar en una fiesta privada.
Fui el último esa noche. Era sorprendente
ver qué cantidad de músicos tocamos esa noche, todos los que estábamos en la nómina
del diablo, como nos mirábamos sin saber muy bien que hacíamos, ni para qué
clase de público estábamos tocando. Me llegó el turno y subí al escenario.
Silencio. Levante la vista un poco para ver a mi público: no podría describir
los horrores que esperaban sentados a que comenzase mi repertorio. El corazón
me golpeaba el techo y estaba empapado en sudor. El público se impacientaba.
Alcé la vista para mirar una vez más al diablo, cuando vi que sentado junto a
él, estaba un ser humano; Negro, vestía un traje antiguo, sombrero de fieltro,
y pañuelo rojo. No pasaba de los treinta, fumando un cigarro y apoyado en la funda
de su guitarra. Me miraba con confianza y me hizo un gesto de ánimo, como si
entendiese la encrucijada en la que me encontraba. No toqué ninguna canción de
las que me habían hecho famoso, ni ninguna versión de las que me sabía. Sólo
improvisé, rasgue la guitarra de arriba a abajo intentado no fallar, acosado
por el miedo a defraudar a un público tan especial. Cuando terminé no hubo
aplausos, solo un silencio de aprobación. Recogí mi instrumento y salí con las
piernas temblorosas del escenario.
A la salida del local me encontré al diablo,
de nuevo en su traje blanco. Me dio la mano y se despidió de mí: "Hasta
que volvamos a encontrarnos" "Vale, pero esta vez habla con mi
productor, también le pertenezco"