miércoles, 17 de abril de 2013
El Zoco de los Escribanos
Alim llegó a Bab el Had a la hora de siempre. Saludo al resto de compañeros y se sentó en su mesa. Frente a él, su vieja compañera de trabajo; una Olivetti blanca, amarilleada por el sol de Rabat. La conoció durante su estancia en el ministerio de interior. Cuando se marchó al callejón de los escribanos pidió llevarse la maquina consigo, eran muchos años de "matrimonio" y sus dedos se habían acostumbrado a su tacto, sabia como ponerla apunto y ella, en agradecimiento transformaba en texto todos sus pensamientos.
Lió un poco de tabaco y revisó los carretes de tinta, todavía húmedos. Puso una hoja y tecleo:
Una bailarina del mar de China
danza en una caja de porcelana.
Cierra los ojos
y llora
llevando en una mano un pájaro
que eleva como ofrenda a la luz
y en la otra una flor de almendro
que esconde en el fondo de la caja.
Cae, cual estrella, en el mar de China
y desaparece como el humo en el viento.
Le encantaba empezar el día con un poema. Entre tantos escritos formales y burocráticos que le pedían. Los poemas distraían su cabeza con historias. Siempre eran un buen regalo para las muchachas o para niños, que empezasen a tener un interés por la lectura.
El Zoco de Rabat comenzó a llenarse de turistas y de los edificios ministeriales salieron sus primeros clientes: Hombres y mujeres, analfabetos que no sabían cómo moverse por el resbaladizo sendero de la burocracia. Aunque también había ciudadanos cultos, pero no lo suficiente para expresar sus peticiones en el cerrado vocabulario administrativo.
Peticiones al estado, permisos de trabajo, viajes al exterior... Alim, de forma humilde, escuchaba a sus clientes contarles sus problemas y buceaba en su memoria, en sus años en el ministerio para encontrar las palabras adecuadas, con las que ayudarles.
Tras el Zuhr, Comió un poco al cobijo de la sombra de uno de los portones de la calle, mientras esperaba nuevos clientes. Con el paso de los años había descendido poco a poco el número de clientes, cada vez era más difícil mantener un sueldo normal. Entre bromas con el resto de sus compañeros, se jactaban de que ellos, los escribanos, mantenían el Ramadán casi todo el año. Tenía varios textos guardados en casa y muchas historias en la cabeza, pero la edad, la inseguridad y el miedo, le habían mal aconsejado. "Algún día" pensó, "Algún día recopilaré todos mis textos y los publicaré" aunque esa voz que siempre se ríe de nosotros, la que tenemos detrás de las orejas le decía "y ese día, ni tendrás fuerzas en las manos ni visión en tus cansados ojos, solo te quedara una cabeza vacía como una jaula de la que los pájaros huyeron".
Cerrados los ministerios, la tarde se volvía interminable, sólo aderezada por el rezo de Asr.
Aunque deseaba escribir para él. El papel y la tinta seguían siendo del ministerio. Ya usaba una hoja todas las mañanas, si durante las aburridas tardes se pusiera a escribir sus pensamientos, en solo dos días se habría gastado el sueldo.
A última hora apareció en la calle un joven apurado. Alim sonrió a ver que tenía un nuevo cliente. Los escribanos, además de trámites burocráticos también tenían clientes que les pedían cartas más formales. Cada escribano fue especializándose en un tema, desde cartas a familiares, a escritos con los que honrar a algún fallecido. Alim se había especializado en cartas amorosas.
El joven se acercó a Alim. Parecía primerizo, tenía esa inocencia e inconsciencia que solo los que no habían jugado al juego del amor poseían. Le contó su historia. Había quedado con su amada y quería tener con ella un detalle, formalizar su relación. Alim escucho los detalles con atención y busco en sus recuerdos el poema que necesitaba. Crujió sus dedos y tecleo:
El último día, besé sus manos,
sus ojos, sus labios.
Le dije: ahora estás
madura, cual manzana.
Una parte de ti es una mujer
y la otra algo indescriptible:
Las palabras
huyen de mí
y yo huyo de ellas.
Ambos fluimos
hacia la infancia de este rostro trigueño
y este cuerpo cálido y lozano.
Ahora suplico
y, sediento, acerco mi rostro
a esta fuente rebosante.
El último día, le dije:
Eres el fuego de los bosques,
el agua del río
y el secreto del fuego.
Una parte de ti es indescriptible
y la otra: sacerdotisa en el templo de Ishtar.
El joven al leerlo en voz alta se ruborizó. Alim sonrió. El joven le pagó agradecido y se marchó. Se acercaba la hora del Maghrib, por lo que Alim también tendría que marcharse. Froto sus cansados ojos, recogió sus cosas, guardo la Olivetti y se despidió de ella hasta el día siguiente, donde volverían a encontrarse, para dar forma al papel con las necesidades y sueños de la gente.
Poemas: ABD AL WAHHAB AL BAYATI
