martes, 12 de junio de 2012

Solitario George

El solitario George tenía sed. Hacía calor y estaba resguardado a la sombra de su árbol favorito. Con mucho esfuerzo, comenzó a caminar, las piernas le dolían, pero era normal a su edad: tenía más de cien años.



Mientras recorría el corral que había sido su hogar durante muchos años, pasó junto a las hembras que le hacían compañía. Tenían los cuellos estirados para que los pájaros de la zona se alimentasen de sus parásitos. Las saludo desde la distancia. Desde la última puesta habían perdido el contacto directo. Habían pasado décadas desde que el solitario George y sus paisanos moraban la costa de Pinta, cuando era una población fértil y prospera, hasta la llegada de los balleneros que usaron las islas como punto estratégico y a sus habitantes como aceite. Cientos de tortugas murieron y poco a poco fueron acabando con la población.

Lo que aquellos hombres comenzaron, las cabras que trajeron consigo terminaron, al consumir gran parte de la vegetación de las que se nutrían las tortugas. Sin darse cuenta, el solitario George se había quedado solo, convirtiéndose en una leyenda, pues se creyó que su especia había desaparecido. Así vivió en soledad caminando por su isla con la esperanza de encontrar a otro semejante. Hasta que, un día, mientras el solitario George caminaba por la selva, se encontró con varios cazadores de cabras, que se encargaban de exterminarlas para preservar las especies autóctonas. Fue así como dejó su isla y acabó en un corral para convertirse en el semental que repoblaría su isla.

Trajeron a muchas hembras de otra especie próxima a la suya, y tras muchos años de conocerse, intento aparearse con ellas. Los huevos nunca eclosionaron y acabaron siendo alimento de gusanos. El milagro de la vida nunca se materializó. Era como si la teoría de la evolución, nacida a partir de sus semejantes, tuviese aquella triste ironía de negarle al solitario George su supervivencia.

Cerca de su destino se paró: Un calambre recorrió sus extremidades y supo que el momento había llegado. Lentamente se apagó y el solitario George dejó de estar solo.