- Es una víbora. Dijo la señora Glick.
Todos los vecinos coincidían en la descripción de la víctima. Nadie tenía una buena imagen de ella. Al detective Johansson no le extrañaba ese hecho tan particular; la víctima le recordaba a Jane, su exmujer, la que se quedó con su casa, su coche y su hija. Tenía la misma altura, el mismo cuerpo voluptuoso y el mismo gusto en la ropa. Sólo había dos detalles que la hacían diferente de Jane: que era pelirroja... y que estaba muerta.
El cadáver estaba tirado en el salón, de espaldas y en medio de un charco de espuma blanca. Parecía que había sido envenenada, pero no había signos de que alguien más hubiese estado en el domicilio. Los Poulsen, los vecinos de abajo que llamaron al 911, habían declarado que sólo escucharon un golpe como de alguien que cae al suelo. Tampoco había signos de robo, y la cerradura no estaba forzada.
-¿Podría ser un suicidio? pregunto uno de los agentes.
- Puede ser. - respondió Johansson - Pero los suicidas son metódicos, no dejan al azar su muerte, por la posición del cuerpo, parece que la víctima se desplomó de un infarto.