- Es una víbora. Dijo la señora Glick.
Todos los vecinos coincidían en la descripción de la víctima. Nadie tenía una buena imagen de ella. Al detective Johansson no le extrañaba ese hecho tan particular; la víctima le recordaba a Jane, su exmujer, la que se quedó con su casa, su coche y su hija. Tenía la misma altura, el mismo cuerpo voluptuoso y el mismo gusto en la ropa. Sólo había dos detalles que la hacían diferente de Jane: que era pelirroja... y que estaba muerta.
El cadáver estaba tirado en el salón, de espaldas y en medio de un charco de espuma blanca. Parecía que había sido envenenada, pero no había signos de que alguien más hubiese estado en el domicilio. Los Poulsen, los vecinos de abajo que llamaron al 911, habían declarado que sólo escucharon un golpe como de alguien que cae al suelo. Tampoco había signos de robo, y la cerradura no estaba forzada.
-¿Podría ser un suicidio? pregunto uno de los agentes.
- Puede ser. - respondió Johansson - Pero los suicidas son metódicos, no dejan al azar su muerte, por la posición del cuerpo, parece que la víctima se desplomó de un infarto.
Pero el detective no había visto que un infarto provocase que la víctima echase tal cantidad de espuma por la boca. El forense tardaría en llegar, así que Johansson paseo por el piso, buscando alguna pista que se le hubiese pasado. Se detuvo ante las fotos. Parecía que salvo los retratos de familia, siempre había estado sola. Sintió un poco de pena, pero como también le recordaba a Jane, sentía cierta satisfacción de que estuviese muerta. Muchas veces, lo había deseado, cuando a solas con el bourbon, con la foto de su hija, la misma que lo consideraba un extraño, entre sus manos y el rostro empañado por las lágrimas de la impotencia. Fantaseaba con la idea de recibir la llamada, ir al domicilio y asegurarse que la mujer que había destrozado su vida, aquella...
Volvió en sí y salió disparado hacia el cadáver, se acercó a la boca y la inspeccionó. Tras unos segundos se levantó satisfecho.
Unos de los agentes, intrigado por la reacción de Johansson se acercó.
- ¿Ha descubierto algo señor?
- Sí, el caso está resuelto.
- ¿Y cómo ha muerto?, volvió a preguntar el agente.
- Fácil, respondió Johansson con una sonrisa - Se ha mordido su propia lengua.