miércoles, 4 de septiembre de 2013

Memorias de una presidenta

Con su propia escopeta de caza, así es como se suicidó el presidente. Cerró el despacho se sirvió una copa y esparció sus sesos por las paredes. No le culpo, yo habría hecho lo mismo.



Se le veía en los ojos, en como miraba al resto. Como si no pudiera oírnos. Al principio pensé que se había vuelto loco, la presión había podido con él. No me afectó su perdida, nunca pensé que fuese un buen político, estaba por lo que estaba, ¿acaso no lo estamos todos? Pero ahora lo odio, sé que si me hubiese contado la verdad, no le hubiese creído, pero habría sido honesto... hijo de puta, mintió hasta el final.

Creí que ser vicepresidenta era un orgullo, y me alegré, me alegré cuando se suicidó y conseguí ser la primera presidenta del país. Pero ahora estoy desquiciada, ya no oigo al resto del mundo. Solo oigo un pitido, un constante pitido que me atraviesa el cráneo, que no me deja pensar con claridad. Dicen que cuando hablas mal de alguien, a esa persona le pitan los oídos. He disfrutado toda mi vida de ello, fantaseando con tener el poder de molestar a la persona que elija con solo hablar mal de ella. Pero nunca pensé en cómo sería al revés, ni podía imaginarme que tantas personas lo hicieran a la vez. Y nunca termina, ni siquiera cuando todos duermen, porque siempre hay algún "compatriota" en cualquier parte del mundo, despierto, hablando.

No puedo dormir si no es a base de calmantes y aunque renuncie, no creo que me recupere. Solo tengo una salida. No voy hacer lo mismo que ese desgraciado. Voy a tomarme la caja entera con la esperanza de que, aunque sea por un segundo, solo escuche el más absoluto silencio. Sé que es una salida cobarde, pero soy una buena política, lo he dejado todo muy bien atado: He nombrado como vicepresidente a un sordo.