lunes, 5 de noviembre de 2012

La politica del cuerpo


#seleshancaidolasmanos. Ese fue el primer indicio de que aquel día iba a cambiar el curso de la política. La gente se levantó como cualquier día: llevó a sus hijos al colegio, algunos (los que tenían) fueron a sus puestos de trabajo y el resto, simplemente siguieron con sus vidas. Pero algo no iba bien, el día no seguía la rutina diaria.

Los noticieros, los periódicos, solo hablaban de política internacional, o noticias nacionales del día anterior. No había declaraciones del gobierno, ni respuestas de la oposición. El parlamento y el senado no se habían reunido hoy, ni siquiera los regionales, y los consistorios parecían deshabitados. Era como si todos nuestros políticos hubiesen desaparecido del mapa. El pueblo no le dio importancia, se sentía aliviado de tener un día sin noticias sobre reformas injustas, juicios por corrupción o arengas nacionalistas…

Pero una frase se movía de boca a boca, y de tweet a tweet: A los políticos se les han caído las manos. Todos lo sabían, no era nada nuevo que la política se había convertido más en una estafa de la democracia que en un organismo para gobernar la nación, pero nadie se imaginaba la literalidad de esa sentencia.


Por la noche, en horario de máxima audiencia, hubo un corte en todas las televisiones. El Rey apareció un poco pálido y con expresión tensa. Retransmitido en un plano corto, que no dejaba entrever dónde estaba. No parecía nada bueno… el mutismo alrededor de los centros de poder durante todo el día, auguraba que quizás, los militares habían tomado el control del país.

El Rey habló dando un pequeño rodeo sobre la importancia del estado y otras cuestiones triviales, era como si el mensaje por navidad se hubiese adelantado. Pero en sus ojos se veía que había otra noticia que quería comunicarnos y no era capaz de hacerlo. Cuando se quedó sin argumentos ni historias, trago saliva y alzo los brazos: No tenía manos. Él y todos los políticos del país habían perdido ambas extremidades. No habían sido cortadas, los muñones eran lisos como si nunca hubiesen tenido manos. De derechas, de izquierdas, incluso los de centro, nadie se había librado. Al pueblo le resulto impactante, pero asimilaron la noticia con ironía: tantos años robando y expoliando el estado tendría que tener sus consecuencias.

Lo que no aceptaron tan bien fue que ninguno decidió retirarse de la vida política, aunque ningún ciudadano parecía decidido a entrar en el juego y perder parte de sí mismo en el proceso. Cargaron a los presupuesto miles de prótesis para poder seguir con sus funciones y crearon campañas para concienciar al ciudadano: “Échanos una mano” rezaba el slogan del cartel que inundó paradas de autobuses, una fotografía de niños sonrientes que ayudaban a un pobre político mutilado. Gastaron también en frustradas búsquedas de sus extremidades por todo el territorio nacional, que no dieron ningún resultado. Los religiosos hablaron del pecado, la ciencia de un cambio biológico sin precedentes, y una chirigota se disfrazó ese año de las manos, de vacaciones en un paraíso fiscal. Fue primer premio.

Los políticos de otros países comenzaron a distanciarse de los nuestros, evitando reuniones y obligándoles a comparecer vía streaming, temerosos de que lo que había pasado en nuestro país, se extendiese por todo el mundo (su mundo). Pero muchos grupos terroristas y antisistema vieron en nuestra situación. Una idea con la que revindicar sus actos. Así comenzó la caza de políticos por parte de estos grupos, que les mutilaban sin vacilar. De una forma u otra, acabó extendiéndose por todos lados, mientras la industria ortopédica se frotaba las manos.

Para los gobiernos la situación era insostenible, habían perdido la credibilidad y la confianza del pueblo, y el dinero que amasaban de las empresas no compensaba el trauma de perder parte de ellos mismos. Decidieron comenzar a ser un poco más autoritarios, recortando libertados, apostando por el control del individuo y evitar que los cuestionase. Habían sacrificado su honradez y moral por el control y el poder.
Aquella situación no duró mucho. De manera fulminante todos los políticos del mundo fueron cayendo al suelo, inertes. Las autopsias revelaron algo que siempre habíamos dado por hecho: Aquellos cuerpos habían perdido el corazón.